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viernes, 29 de marzo de 2013

Nueva etapa en la Iglesia






Recientemente se ha abierto un tiempo nuevo para la Iglesia católica. Un tiempo de renovación y de gestos de apertura a realidades intra y extraeclesiales que parecían olvidadas durante los últimos años. Es una ocasión magnífica para ilusionarse otra vez con los sueños que vienen haciendo andar al cristianismo desde hace muchos siglos y para, haciendo una sana autocrítica, poner al día nuestra querida Iglesia.
Será muy importante el modo en que todos entremos en diálogo sobre lo que ha de mejorarse y sobre el mejor modo de hacerlo. Hoy, leyendo una obra en otro tiempo proscrita y hoy lamentablemente olvidada, encuentro en uno de los grandes cristianos del s. XX un fuerte apoyo a los pasos hacia la debilidad que ha emprendido el Papa Francisco:

"El régimen de autoridad tan fuerte que ha prevalecido en la Iglesia desde mediados del s. XVI ha contribuido, por su parte, a hacer que toda crítica fuera sentida como procedente de un espíritu de oposición y casi de una ortodoxia dudosa. Una apologética un poco corta, todavía en uso en grandes círculos del catolicismo, ha pensado también a menudo que hacía falta defenderlo todo; ha difundido, sobre la santidad y la perfección de la Iglesia, ideas que no son siempre justas y que no pueden sostenerse, realmente, más que no viendo las cosas como son".
Yves Congar, Vraie et fausse réforme dans l´Église (Verdadera y falsa reforma en la Iglesia), Les Éditions du Cerf, París, 1950 (traducción propia).


Juan Diego González, 
C. Amén.

sábado, 6 de octubre de 2012

San Juan de Ávila.

Mañana Domingo 7 de Octubre, se proclamará a San Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia.

 
El Papa Benedicto XVI  anunció en la JMJ de Madrid que San Juan de Ávila sería proclamado doctor de la Iglesia. En la última Asamblea Plenaria de los obispos, explicaron la razón de este doctorado: «La originalidad del Maestro Ávila se halla en su constante referencia a la Palabra de Dios; en su consistente y actualizado saber teológico; en la seguridad de su enseñanza y en el cabal conocimiento de los Padres, de los santos y de los grandes teólogos. Gozó del particular carisma de sabiduría, fruto del Espíritu Santo, y convencido de la llamada a la santidad de todos los fieles del pueblo de Dios, promovió las distintas vocaciones en la Iglesia: laicales, a la vida consagrada y al sacerdocio… En sus discípulos dejó una profunda huella por su amor al sacerdocio y su entrega total y desinteresada al servicio de la Iglesia… Fue Maestro y testigo de vida cristiana; contemporáneo de un buen número de santos que encontraron en él amistad, consejo y acompañamiento espiritual. Un Doctor de la Iglesia es quien ha estudiado y contemplado con singular clarividencia los misterios de la fe, es capaz de exponerlos a los fieles de tal modo que les sirvan de guía en su formación y en su vida espiritual, y ha vivido de forma coherente con su enseñanza».

Desde aquí os invitamos a descubrir a la figura de San Juan de Ávila, quien nos lanzó entre otros el siguiente reto: “el sacerdote (y todo cristiano) debe saber a lo que sabe Dios. Sí, palpitar con lo que late en el Corazón de Dios, llenarnos de su mirada bondadosa, colaborar con lo que amasan sus manos creadoras, para tener ese sabor sabio que nos asemeja al Señor”.


 
"Pedid mucho amor, porfiad por él,
y la perfección de él os ponga cuidado de trabajar;
y ese poco que el Señor os ha dado,
tomad en prenda de que Él os dará más.
Decid con los apóstoles: Acreciéntame, Señor, la fe.
Pedid mucho amor, como la Magdalena,
para que vuestra esperanza sea muy firme de gozar
en el cielo del Señor que acá deseáis.
Él sea vuestro favor, lumbre y amor ahora y siempre".

                                                          San Juan de Ávila. 

Aquí os dejamos un enlace que ahonda en la persona de San Juande Ávila y en su nombramiento: http://www.conferenciaepiscopal.es/index.php/documentos-plenaria/2813-san-juan-de-avila-un-doctor-para-la-nueva-evangelizacion.html


viernes, 23 de abril de 2010

Sobre la dimisión del Papa



En estos días en que hay obispos que dimiten antes de que su edad lo exija, muchos comentan la posibilidad de que el Papa dimita, lo que supondría, dicen, dar ejemplo y asumir sobre sí la responsabilidad de los casos de pederastía y la ocultación de los mismos, graves pecados con los que la Iglesia se presenta hoy al mundo. Los cristianos, lejos de sumarnos a las pancartas y a las afirmaciones irreflexivas, debemos "examinarlo todo y quedarnos con lo bueno".

De la posible dimisión de un Papa hay un precedente lejano: el caso de Pedro de Morrone, Celestino V, que dimitió de su responsabilidad como sumo pontífice el 13 de Diciembre de 1294. En palabras de Ricardo Gª Villoslada, jesuita e insigne historiador de la Iglesia:

"Había entre los exaltados que negaban al Romano Pontífice la facultad de poder abdicar. --La unión del papa con la Iglesia de Roma (decían) es un matrimonio indisoluble, que no conoce divorcio-- A fin de prevenir las peligrosas consecuencias de esta falsa idea, Celestino V hizo componer una bula declarando que el papa puede renunciar a su dignidad, y el 13 de Diciembre de 1294 la leyó en público consistorio. Acto seguido se hizo la gran renuncia (il gran rifiuto, que Dante le reprochará para hundirlo en el infierno) y los cardenales se la aceptaron"

Historia de la Iglesia Católica, t. II, BAC, Madrid, 1988, pp. 552-556.

No es cuestión de imposibilidad, por tanto, sino de voluntad. Voluntad que habremos de intentar entender, cuya tremenda responsabilidad no acierto apenas a vislumbrar y por cuyo auxilio divino pido sinceramente desde aquí.

Juan Diego González,
C. Amén.

martes, 20 de abril de 2010

Carta de Küng a los obispos



Muy dentro de sus gustos, en un estilo cercano a los medios de comunicación y con un lenguaje asequible, Küng vuelve a dirigirse a los católicos para llamar la atención sobre el papado, y poner de manifiesto lo vieja que está la barca de Pedro. Es algo que lleva haciendo más de 40 años. Sus frutos se conocerán más adelante.

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Carta/abierta/obispos/catolicos/todo/mundo/elpepusoc/20100415elpepisoc_3/Tes

miércoles, 3 de marzo de 2010

¿Una campana que retiñe?




"Por eso, más que felicitarse por "tener una emisión", los cristianos deben preguntarse a qué sirven, sin saberlo, cuando se convierten en objetos de consumo, de espectáculo y de interés, cuando la experiencia real de creyentes sin nombre público, en las calles y en los pueblos, es obliterada por la llegada al estrellato de la impugnación o de los pontífices. El eco resonante dado por la prensa, la radio o la televisión a los requerimientos interiores de la Iglesia, ¿no elimina la exigencia espiritual que quieren testimoniar, para transformarla en "un metal que suena, o campana que retiñe" (1 Cor 13, 1)?¿Vamos a ratificar ese papel especular y teatral?"


Michel de Certeau, "Autoridades cristianas y estructuras sociales", en La debilidad de creer, Katz, 2006.

martes, 16 de diciembre de 2008

Dignitas personae


La nueva Instrucción sobre algunas cuestiones de Bioética seguro que va a ocupar muchos espacios informativos en los próximos días. Y, con toda seguridad, mucha gente que no la habrá leído citará tres o cuatro frases sacadas de contexto para demostrar "el autoritarismo doctrinal de la jerarquía de la Iglesia". Tengo para mí que solo una lectura atenta y serena de este documento, y su cotejo con el conjunto de la doctrina cristiana, inspirada en el Evangelio, puede ayudarnos a los católicos que nos pretendemos razonables a dar razón de nuestra esperanza en estos días y sobre estos temas.
Os invito a que la leamos y a que, si os parece, iniciemos un debate en este blog sobre el tema. Aquí va el enlace.

http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20081208_dignitas-personae_sp.html

Juan Diego González,
Amén.

domingo, 20 de abril de 2008

¿Bautizamos a nuestros hijos?






¿BAUTIZAMOS A NUESTROS HIJOS?

Juan Diego González Sanz*.


La pregunta no parece inicialmente difícil de responder. Lo propio sería que los niños que han nacido de un matrimonio católico se bauticen. Así se ha hecho toda la vida y parece lo normal. Sin embargo, hay en nosotros y en otros cristianos una inquietud que nos impide dar ese paso de forma “automática”, bautizando a nuestros hijos a los pocos meses de su nacimiento. Esta inquietud puede resumirse en dos preguntas: ¿Merece la pena que el niño “se pierda” la vivencia de su propio bautismo? ¿No sería más acorde con la manera de vivir de los primeros cristianos que el bautismo lo recibiéramos siendo ya mayores?
Ante estas cuestiones hay quien decide no bautizar a sus hijos esperando a que se hagan mayores para que, o bien para que puedan elegir libremente su adhesión a la Iglesia de Jesús, o bien para que tengan oportunidad de disfrutar y recordar este sacramento tan especial. Este segundo es nuestro caso. No obstante esta decisión no deja de suscitar cierta sensación de incoherencia o por lo menos de sorpresa, entre los demás miembros de la Iglesia y en nosotros mismos: ¿tiene sentido que, precisamente nuestros hijos no estén bautizados siendo nosotros miembros activos de la Iglesia?
Nos vemos compelidos, creemos que no en último lugar, por el Espíritu Santo a examinarnos interiormente y a estudiar el tema para dar una respuesta fundamentada a esta pregunta. La búsqueda de formación teológica sobre el bautismo y específicamente sobre el bautismo de niños, y nuestras reflexiones al hilo de esta, conforman este pequeño texto.

I.

Bautismo: anticipación de la fe.

Partiremos en nuestra búsqueda de un texto de J. Ratzinger[1] en el que, en el marco de una descripción de los conceptos fundamentales del catolicismo, se estudia extensamente el bautismo y, en un momento dado, se analiza la relación entre el catecumenado y el bautismo, haciendo hincapié en la importancia que el primero tiene como “parte constitutiva del sacramento mismo” [2]. Los aspectos que el autor subraya como fundamentales en el catecumenado son: la instrucción, la familiarización con el ethos cristiano y el decidir incorporarlo como propio, y la recepción de la decisión de la comunidad cristiana de acoger al catecúmeno en su seno. De los tres aspectos (los dos primeros activos y el tercero pasivo desde el punto de vista del catecúmeno), Ratzinger coloca en primer lugar el tercero: “la primera dimensión del catecumenado: la conversión como don, que sólo el Señor puede dar e imponer en contra de nuestro propio poder y en contra de los poderes que nos esclavizan.” [3]. Insistirá más adelante en que la fe cristiana no es una fe que pueda afirmarse en soledad, sino que es, necesariamente, fe eclesial[4]. Finalmente el autor se hace eco amargamente[5] de la pregunta por la posibilidad que resta, tras esta intensa revalorización del catecumenado, para el bautismo de niños. La respuesta que va a dar parece negativa, aunque no se centra en los inconvenientes que plantearíamos nosotros: la insoslayable falta de instrucción y de decisión consciente de cambiar radicalmente de vida para aceptar la vida cristiana por parte del niño. Estos dos problemas que vemos nosotros no son tales para Ratzinger. En cuanto a la instrucción su razonamiento es que la catequesis puede ser previa al bautismo o posterior a este, teniendo igual validez, y que el rito del bautismo ya contiene, en previsión de esto, una catequesis que reciben los padres y padrinos que representan al niño. Esta representación significa anticipar el camino cristiano del niño en la persona de sus padres y padrinos. Ratzinger argumenta (haciéndose eco de numerosos autores cristianos[6]) que de la misma manera que empezamos nuestra vida biológica sin haber sido preguntados y dependiendo en todo de nuestros padres, nuestra vida cristiana puede empezar igual, siendo llamados a la fe de la Iglesia por nuestros padres y “alimentados” con ella de acuerdo a nuestro desarrollo. El problema surge para nuestro autor por el cambio del rito a raíz de la reforma litúrgica que trae el Concilio Vaticano II, ya que en el nuevo ritual bautismal no se expresan con suficiente fuerza estas ideas de representación y anticipación por lo que: “… queda en entredicho la legitimidad del bautismo de los niños que, bajo esta forma, no tiene ya fundamento[7]”.


Bautismo: medio necesario para la salvación, don de Dios en la Iglesia.

A. Palenzuela[8] estudia también esta cuestión planteándola en dos partes: si los niños pueden ser bautizados y si han de serlo. En su texto hace un desarrollo histórico del tema. Sobre los bautismos “familiares” de la Iglesia antigua aclara la dependencia que todos los miembros de la familia tenían del padre, cabeza de familia, en lo religioso como en todos los demás aspectos de sus vidas, haciendo ver que al bautizarse el padre de una familia “y todos los suyos” se le consideraba capaz de mantener a los suyos en la disciplina y exigencias del Señor (históricamente hay testimonios de signo contradictorio sobre el bautismo de niños en la Iglesia antigua, aunque parece claro que, pese a tener un origen apostólico, la práctica del bautismo de niños no estaba muy extendida en los primeros siglos de la Iglesia[9], incluso en el siglo IV se toma la costumbre de diferir el bautismo para aplazar las consecuencias morales y prácticas que acarreaba, así como para escapar de las persecuciones[10], tanto en el caso de los adultos como de los niños). Aporta en este desarrollo, además de numerosas fuentes que apoyan el bautismo de los niños, la crítica de Tertuliano[11] a esta práctica (esta crítica es de las pocas de peso que podemos encontrar entre los autores antiguos y contemporáneos):

“No hay que ser ligeros en la concesión del bautismo. Toda petición puede engañarse. Por tanto, según la condición y disposición y aún la edad de cada uno, es más útil diferir el bautismo, sobre todo cuando se trata de niños. […] Es cierto que el Señor ha dicho: No impidáis que vengan a mí; sí, que vengan, pero cuando hayan crecido, que vengan cuando estuvieren en edad de ser instruidos, cuando hubieren conocido por la enseñanza la realidad a la que ellos vienen; que se hagan cristianos, cuando puedan conocer a Cristo. ¿A qué tanta prisa la de la edad inocente para recibir la remisión de los pecados? ¡Se obra con más cautela en los negocios de este mundo! A quien no se confía los bienes terrenos, ¿se le va a confiar los dones divinos? Quien quiera que comprenda la seriedad pondus del bautismo, temerá más su consecuencia que su dilación, la fe entera está segura de la salvación”[12].

No es extraña esta insistencia en la preparación previa al bautismo ya que en Tertuliano se encuentra por primera vez la palabra “catecúmeno” (parece que en los primeros tiempos los apóstoles bautizaban sin preparación alguna, pero, aunque parece que ya San Pablo no lo hace siempre así[13], hasta el siglo III no aparece el catecumenado como tal). Palenzuela se hace eco de esta posición afirmando que Tertuliano no impugna la legitimidad de esta práctica sino su conveniencia, y concluye, tras su estudio del bautismo de los niños: “Hemos establecido que los niños pueden ser bautizados. Pero, ¿han de ser bautizados?”. Su respuesta es categórica: sí. Aduce algo que ya había desarrollado con anterioridad, y es que el bautismo es medio necesario de salvación, necesitado incluso por los niños, ya que el pecado de origen solo puede ser negado por el bautismo[14]. Afirma también que “la negación del bautismo a los niños desconoce la dimensión comunitaria del bautismo”, es decir, la dimensión de Pueblo de Dios de la Iglesia.

En este sentido el bautismo de niños ha sido piedra de toque de numerosos personajes y grupos revolucionarios en sus conflictos con la Iglesia a lo largo de la historia de la Iglesia, muchos de los cuales finalmente fueron considerados herejes[15]. Es el caso de los pelagianos (seguidores del monje Pelagio que tuvieron su máxima expansión en el siglo V), que afirmaban que sin el bautismo se da también la vida eterna; los valdenses, que lo consideraban innecesario; o Lutero y Calvino, aunque el primero aceptaba el carácter sacramental del bautismo de los niños, mientras que el segundo lo rechazaba de plano. Dentro de las confesiones derivadas de la reforma[16], especialmente a partir de la emigración masiva de europeos a América en los siglo XVI y XVII, surgió la corriente anabaptista (volver a bautizar), que defiende el bautismo de los adultos, aún cuando ya hubieran sido bautizados de niños, ya que ven este acto como símbolo de fe, de la cual carece el bebé. Dentro de esta corriente están los conocidos Amish, así como los mennonitas y otros grupos.

Bautismo: prueba de fe de la familia y la Iglesia.

En esta línea se manifiesta también R. Schulte[17] quién, después de plantear la mayoría de los problemas que ya se han expuesto anteriormente, zanja la cuestión diciendo: “Si la procreación responsable de los padres hay que considerarla como participación en esa decisión de Dios sobre la existencia de otros seres libres, sin previa consulta a los interesados, y tal proceder está justificado y tiene sentido, entonces las consecuencias lógicas en orden a la decisión de los padres cristianos sobre el bautismo de sus hijos son evidentes.” Sin embargo añade una reflexión crítica algo más adelante: “En cualquier caso, esa argumentación presenta también su reverso… Todo bautismo pone a la Iglesia en una situación crítica con respecto a su propia existencia cristiana. Con otras palabras: la Iglesia debe bautizar, pero sólo puede hacerlo en cuanto que ella misma está bautizada y es consciente de su permanente necesidad de conversión. Evidentemente se comete un pecado contra la identidad cristiana como existencia bautismal cuando, sin vivir realmente esa existencia, se hace bautizar a otros y no se acompaña a los bautizados en el camino de la metanoia cristiana.”

Podrían mostrarse infinidad de textos que irían perfilando el tema mucho más. Basten los mostrados hasta aquí para dar cuenta de la pluralidad de perspectivas y la importancia teológica del tema. Puede verse la perspectiva magisterial en la Instrucción Pastoralis Actio[18] realizada por la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo el pontificado del papa Juan Pablo II, que trata el tema con gran profundidad y sencillez, y puede servir muy bien como guía para abordar el tema.


II.

Hasta aquí hemos visto cómo el bautismo de los niños presupone: la aceptación de la existencia del pecado original y la capacidad del sacramento para eliminarlo; la recepción por el bautizado del don de la gracia, que abre al niño el camino del encuentro con Dios; que el niño ve anticipada su fe por la fe de sus padres y la de la Iglesia; que el sacramento implica una exigencia a esa fe de los padres y de la Iglesia para que dé fundamento de la anticipación que expresan en él.

Después de estas lecturas, de las reflexiones que han generado y de los momentos vividos en oración hemos adquirido el convencimiento de que todos estos aspectos son ciertos, y decidimos bautizar a nuestros hijos, esperando vivir un momento de gran cercanía a Jesucristo y de profunda comunión eclesial, recibiendo junto con nuestros hijos la gracia del Padre.






Huelva, 26 de Marzo de 2008.

* Juan Diego González está casado y es padre de tres hijos, trabaja como matrona y estudia filosofía en la UNED. Por decisión del matrimonio ninguno de los niños está bautizado.
[1] J. RATZINGER. Teoría de los principios teológicos. Herder, Barcelona, 2005. p. 46-49
[2] op.cit. p. 40.
[3] op.cit. p. 42.
[4] “El don de Dios que es la fe incluye tanto el requerimiento a la voluntad del hombre como la acción y el ser de la Iglesia”. op. cit. p. 46.
[5] “La pregunta es necesaria, aunque el apremio con que hoy día se nos presenta indica que también nosotros nos sentimos inseguros respecto de la fe cristiana: es evidente que la sentimos más como carga que como gracia; una gracia es algo que uno puede dar, una carga tiene que llevarla cada uno sobre sus propios hombros”. op. cit. p. 47.
[6] Veáse, por ejemplo, E. SCHILLEBEECKX cuando dice: “Es cierto que la personalidad que dormita en el niño no es apta para el encuentro. Pero no porque el niño sea incapaz de un encuentro con su madre le retira esta sus cuidados y su unión.”, en Cristo, sacramento del encuentro con Dios. Dinor, San Sebastián, 1965. pp. 125-128.
[7] “Cuando, como sucede en este caso [por el nuevo ritual bautismal] , ya no se puede percibir el concepto de representación, queda en entredicho la legitimidad del bautismo de los niños que, bajo esta forma, no tiene ya fundamento. Es indudable que, con el nuevo rito, se ha ganado en comprensión inmediata y directa, pero a costa de pagar un precio demasiado alto.” op. cit. p. 48.
[8] A. PALENZUELA. Los sacramentos de la Iglesia. Casa de la Biblia, Madrid, 1965.
[9] B. LLORCA. Historia de la Iglesia Católica, BAC, Madrid, 1960. Tomo I, p. 273.
[10] L. HERTLING. Historia de la Iglesia, Herder, Barcelona, 1961. p. 57.
[11] Tertuliano (Cartago 150- 220), fue un importante teólogo apologeta que defendió la fe cristiana contra la filosofia pagana, especialmente el gnosticismo de Marción. Pese a que al final de su vida se desvió hacia la herejía rigorista de Montano, su influencia es enorme en la Iglesia de aquel tiempo.
[12] TERTULIANO. De Baptismo, 18, en A. PALENZUELA. Los sacramentos de la Iglesia. Casa de la Biblia, Madrid, 1965, p. 159.
[13] L. HERTLING. Op. cit. p. 58 y ss.
[14] Esta posición también la sostiene con fuerza M. SCHMAUS: “Dios ha decretado que el bautismo sea el camino de la salvación, no para dificultar así la entrada en su gloria, sino para regalarnos y darnos en garantía, bajo la forma de un signo sensible, todo su amor creador y salutífero. El que no admite la necesidad de la gracia tiene que negar también la del bautismo… Cristo hace depender la salud del bautismo. Si no se renace del agua y del Espíritu Santo no es posible entrar en el reino de Dios (Jn 3, 5)”. Teología Dogmática, Rialp, Madrid, 1963. p. 185 y ss.
[15] Op. cit. p. 185.
[16] B. LLORCA. Historia de la Iglesia Católica. Tomo III. BAC, Madrid, 4ª Ed. 1999. p. 1079.
[17] R. SCHULTE. Obligatoriedad del bautismo. El bautismo de deseo y el bautismo de los niños. En Mysterium Salutis, Volumen V, p. 171-176. Cristiandad, Madrid, 1992.
[18] La traducción al castellano del original latino CDF: instr. “Pastoralis actio”. AAS 72 [1980] 1137-1156, puede verse en http://www.encuentra.com/documento.php?f_doc=2344&f_tipo_doc=9

sábado, 19 de enero de 2008

Un español al frente de la Compañía de Jesús




Un enorme parecido guarda la trayectoria del nuevo prepósito general de los jesuitas, Adolfo Nicolás, con la de Pedro Arrupe, del que se cumple ahora el centenario de su nacimiento. No sabemos qué hará de aquí en adelante, pero esperemos que, con menor sufrimiento que el que tuvo que sufrir su ilustre antecesor, el nuevo sucesor de Ignacio de Loyola ayude a los jesuitas a seguir sembrando el evangelio en tantos y tantos corazones (como los nuestros).
Nuestra oración y nuestros mejores deseos para nuestro paisano, ya para siempre, hombre universal.




(¿Como no observar la transparencia con que se ha seguido todo, y la sencillez y frescura de las escenas que se han ido produciendo en Il Gesú? . Aquí podéis ver algunas en una magnífica web:

martes, 15 de enero de 2008